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Hartmut Rosa

Resonancia

Una sociología de la relación con el mundo


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En lugar de un prólogo: la historia de Anna y Hannah y la sociología

Si la aceleración es el problema, entonces quizás la resonancia sea la solución. Esta es la tesis medular de este libro formulada de la manera más breve posible. Ella señala simultáneamente dos ideas fundamentales: en primer lugar, que la solución no es la desaceleración. Si bien la prensa me adjudicó en ocasiones el rol de un "gurú de la desaceleración" (y probablemente yo también me haya ganado esa imagen involuntariamente a raíz de algunas apariciones descuidadas en los medios), en realidad nunca propagué la ralentización como solución individual o social al problema de la aceleración, sino, en todo caso, como una "estrategia de coping", es decir, como una manera de lidiar en la cotidianeidad con los problemas inducidos por el tiempo. Pero, en principio, nunca me ocupé sistemáticamente de la "desaceleración".
En segundo lugar, si la desaceleración no es la solución, esto significa también que es necesario precisar el diagnóstico del problema. Las sociedades modernas se caracterizan por una modificación sistemática de las estructuras temporales que puede ser entendida bajo el concepto general de aceleración. En mi último libro, Alienación y aceleración, definí la aceleración como el incremento en cantidad por unidad de tiempo, y esto deja en claro que nos enfrentamos a procesos de incremento abarcadores: como mostraré en el último capítulo del presente libro, el proceso de aceleración puede comprenderse también como una inderogable tendencia escalatoria motivada por el hecho de que la formación social de la modernidad solo puede estabilizarse dinámicamente. Esto significa que la sociedad moderna capitalista debe expandirse incesantemente, es decir, que debe crecer, innovar y aumentar la producción, el consumo, las opciones y las posibilidades de conexión; en otras palabras, que debe acelerarse y dinamizarse para reproducirse a sí misma cultural y estructuralmente, para mantener su statu quo formativo. Esta tendencia escalatoria sistemática, sin embargo, modifica la manera en que los seres humanos están colocados en el mundo [in die Welt gestellt]; cambia el vínculo humano con el mundo de una forma fundamental. La dinamización en este sentido incremental implica la modificación sustancial de nuestra relación con el espacio y con el tiempo, con los seres humanos y las cosas con las que tratamos y, a fin de cuentas, con nosotros mismos, nuestro cuerpo y nuestras disposiciones psíquicas.
Este es el punto en que la aceleración se torna un problema: una compulsión al incremento sin objetivo ni término conduce en última instancia a una relación con el mundo problemática, incluso trastornada o patológica, por parte de los sujetos y de la sociedad como un todo. Este trastorno puede estudiarse de manera productiva a la luz de las grandes tendencias del presente a entrar en crisis: la denominada crisis ecológica, la crisis de la democracia y la "psicocrisis", la que se manifiesta, por ejemplo, en las tasas crecientes de desgaste ocupacional. La primera crisis indica un trastorno en la relación entre el ser humano y el "medioambiente" no humano o la naturaleza; la segunda, un trastorno en la relación con el mundo social; y la tercera, una patología en la relación subjetiva con uno mismo.
Aún más, un vínculo problemático con el mundo no solo es la consecuencia de la aceleración o de la compulsión al incremento de las sociedades modernas, sino también y al mismo tiempo su causa; de manera que nos enfrentamos a un problema circular que se amplifica a sí mismo. Esto solo puede describirse como problema, como patología tendencial, porque el carácter logrado o malogrado de la vida depende del modo de la relación humana con el mundo. Esto es lo que quiero investigar y mostrar en este libro; de esta manera, pretendo brindar un aporte a una sociología de la vida buena, aporte que ya había anunciado en mi libro sobre aceleración pero que no había realizado hasta aquí.
Hacia el final de esta investigación volveré sobre las mencionadas tendencias de crisis, sus causas y las posibilidades de su superación. Pero antes de llegar a ese punto es preciso recorrer un largo camino, que requerirá cierta perseverancia por parte de los lectores. La mejor forma de comenzar es con un relato ficticio.
Gustav y Vicent, dos jóvenes artistas talentosos, participan en una competencia de pintura. Tienen dos semanas para pintar un cuadro sobre un tema elegido por ellos y luego entregarlo a un jurado. Gustav se toma la tarea muy en serio; sabe lo que se necesita para pintar y cómo mejorar la calidad de una pintura. Primero consigue un caballete fijo y un lugar con la iluminación correcta. Luego emprende la búsqueda de un lienzo costoso. Una vez que lo encuentra, se ocupa de extender su arsenal de pinceles (necesita algunos más para las líneas muy finas y para los brochazos gruesos). Aún le faltan los colores correctos: los luminosos, los sobrios, los apagados, los brillantes y aquellos con los que pueda adaptar los medios tonos a voluntad. Y, por fin, tiene todo lo que necesita. Repasa una vez más rápidamente las técnicas pictóricas más importantes que piensa aplicar y emprende la búsqueda del tema correcto. ¿Qué lo convence? ¿Qué lo entusiasma? ¿Qué es lo que toca la fibra sensible de la época? Cuando finalmente comienza a pintar, se pone el sol del último día antes del plazo de la entrega. La historia de Vincent es más corta: arranca una hoja de su bloc de dibujo, toma su caja de lápices de colores, les saca punta, pone su música favorita y comienza a pintar: aunque al principio no tiene una representación clara de lo que pinta, poco a poco surge un mundo lleno de colores y formas, y le parece armonioso. ¿Quién habrá ganado la competencia?
La moraleja de esta historia es evidente: Gustav está orientado por los recursos, por no decir que está fijado a ellos. Sabe cuáles son los ingredientes necesarios para crear arte perdurable: temas, técnicas, colores, lienzo, etc. Pero poseer -o poder disponer de- recursos no es suficiente para crear un buen cuadro ni ninguna forma de arte; lo que es más, la fijación unilateral en la dotación de recursos impide que Gustav pueda crear una obra. Tal como es bosquejado aquí, el comportamiento de Gustav parece casi bufonesco. En cambio, Vincent no se ocupa o se ocupa muy poco de sus recursos; lo impulsa su deseo de expresarse, y adquiere los instrumentos y recursos adecuados solo cuando el proceso creativo mismo los exige. Por supuesto, esto no garantiza que vaya a producir una gran obra de arte. Para ello precisa de talento y de aquello que en la tradición romántica se llama inspiración. Pero definitivamente las chances de Vincent parecen mejores que las de Gustav.
¿Podemos aprender algo de esta historia para responder la pregunta acerca de la vida buena? La analogía parece evidente: así como una buena dotación de recursos no garantiza la creación artística lograda, tampoco garantiza una vida lograda. Y así como una fijación unilateral en los recursos impide el logro de una obra de arte, también bloquea el logro de nuestra vida. Si se estudian los libros de autoayuda del presente, las concepciones políticas del bienestar o las definiciones sociológicas dominantes del bienestar y la calidad de vida, se observa una fijación en los recursos que no tiene nada que envidiarle a la de Gustav: salud, dinero y comunidad (o relaciones sociales estables), y a menudo también educación y reconocimiento, son considerados los recursos más importantes para una vida buena (retornaré sobre esto en el capítulo introductorio); aún más, han sido hipostasiados como la quintaesencia de la vida buena. Cómo volverse más rico, más saludable, más atractivo; cómo tener más amigos, cómo ampliar el capital social y cultural, y así sucesivamente: estos son no solo temas de libros de autoayuda, sino también los indicadores dominantes de la calidad de vida.
De esto se desprende uno de los problemas fundamentales de la investigación empírica sobre la felicidad: si se les pregunta a las personas si están felices o satisfechas con su vida, por lo general estas responden refiriéndose a su dotación de recursos: estoy sano, tengo buenos ingresos, tres hijos a los que les va bien, una casa, un barco, muchos amigos y conocidos, gozo de gran prestigio... sí, soy feliz. Por su parte, la investigación sobre la desigualdad encuentra justamente aquí su motivación, en el supuesto de que los estratos con una mejor dotación de recursos también tienen una vida mejor que los otros. Todo esto conduce a una cultura en la que el fin último de la conducción de la vida [Lebensführung] consiste en optimizar los recursos: mejorar la posición laboral, aumentar los ingresos, ser más atractivo, estar más sano, en mejor forma, ampliar los conocimientos y capacidades, consolidar la red de contactos, obtener reconocimiento, etc. Pero ¿cuándo pintamos?, ¿cuándo vivimos?
De ninguna manera quiero poner aquí en tela de juicio la importancia de los recursos a la hora de llevar una vida buena: sin lienzo ni colores no se puede pintar un cuadro. Sin embargo, resulta problemático que el proceso de optimización no encuentre por sí mismo ningún punto final, y que la propia provisión de recursos sea juzgada generalmente de manera relacional, es decir, en comparación con la de otros miembros de la sociedad que también participan en el juego del incremento.
Resulta curioso que tanto en la investigación sociológica como en la discusión política y en la literatura de autoayuda la idea del equilibrio correcto entre vida y trabajo se haya establecido como parámetro. Con ello se reconoce implícitamente que vivir es algo diferente de trabajar, y en este punto podemos entender "trabajo" en un sentido más amplio que el de una cacería de recursos. De hecho, se muestra aquí que la mayoría de los trabajadores experimentan este balance como problemático: no lo consiguen durante los momentos álgidos de la vida, ya que los años de la vida adulta son dominados por las exigencias del juego del incremento, por las interminables listas de tareas y exigencias sobre las que traté exhaustivamente en otros sitios, entre ellos, Alienación y aceleración. Entonces, el tramo que corresponde a "vivir" se desplaza al momento de la jubilación, y se queda corto, o se ve incluso menospreciado: por ahora me devoran las demandas y tareas que se me imponen, pero en algún momento dejaré todo esto atrás y comenzaré una vida buena. Así reza la autointerpretación dominante en los estratos medios, y a menudo también en los altos. Me parece que esto explica por qué, contra toda razón demográfica y económica, la suba de la edad jubilatoria se topa con una resistencia tan enconada: de hecho, en la percepción cultural esto significa un robo de tiempo de vida. El equilibrio entre vida y trabajo ya no se busca sincrónica, sino diacrónicamente; la vejez debe darnos aquello que perdimos en el pasado. Sin embargo, sigue abierta la pregunta sobre si una vida buena puede lograrse dado que el habitus de la fijación en los recursos ha venido inscribiéndose durante décadas en nuestra orientación vital y nuestra actitud hacia el mundo. Aquí, de hecho, nos parecemos a Gustav, y no a Vincent.
Pero ¡alto!, exclamará el lector atento, ¿puede compararse de esta forma el arte con la vida? ¿Cuál es el análogo laboral de la vida? ¿Qué sustancia tiene el trabajo más allá de lo que aquí denuncié como meros recursos? ¿No es forzosamente esotérico o, aún peor, paternalista intentar decir algo sobre la forma o el contenido de la vida lograda? O, incluso en el caso de que lográramos sortear estas trampas y aceptar el pluralismo ético de la modernidad: ¿no estaríamos reduciendo la vida buena a un mero sentimiento de bienestar subjetivo, dado que no queda nada sustancial?
La tesis inicial de este libro es que la privatización de la pregunta por la vida buena llevó a que esta se convierta casi en un tabú dentro del discurso social: cada uno debe decidir por sí mismo qué es una vida buena, reza la verdad de Perogrullo que se tornó la máxima rectora incluso de las instituciones educativas. Esto tiene dos consecuencias problemáticas: en primer lugar, en la modernidad la conducción de la vida cotidiana y a largo plazo de los sujetos se orienta cada vez más a asegurar y mejorar la provisión de recursos; y sobre todo a incrementar los horizontes de posibilidades. El fundamento de este desplazamiento es el supuesto (justificado) de que una mejor dotación de recursos es siempre mejor que una peor, sin importar qué cuadro queremos pintar ni qué vida queremos vivir. Tal como Gustav, pasamos por alto la "vida como obra de arte": estamos ocupados cumpliendo nuestras listas de tareas pendientes. Si no lo hacemos, es decir, si nos negamos a las exigencias multidimensionales de optimización, nuestra situación inicial empeora de facto; no solo en comparación con los otros sino incluso de manera absoluta, porque la distribución de recursos y posibilidades se rige según el principio de competencia. Así, llegamos a la segunda consecuencia: dado que ya no tenemos a la vista ninguna forma de vida buena, ni individual ni colectiva, tampoco disponemos de un instrumental que nos ayude a definir cuáles son las condiciones del contexto social que podrían socavar la realización de una vida de estas características; y este es el punto en que la aceleración vuelve a entrar en juego. Porque, como señalé en otro lugar, hay buenas razones para suponer que la lógica del incremento definida por la competencia y la aceleración, y la concomitante actitud hacia el mundo de las sociedades modernas, pueden mejorar la provisión individual y colectiva de recursos (es decir, sobre todo, ampliar el horizonte de posibilidades), pero que al hacer esto socavan estructuralmente las condiciones de realización de una vida buena (de la creación del cuadro). Sin embargo, esta tesis solo puede confirmarse de manera seria con los instrumentos de la sociología contemporánea si logramos decir algo más sobre la vida buena que constatar el hecho de que se siente bien. Estoy totalmente convencido de que es posible decir algo sustancial y sistemático sobre la vida buena sin abandonar el suelo de las ciencias sociales empíricamente fundadas ni caer a la deriva en el terreno de lo especulativo, la filosofía pura, lo esotérico o la religión, y, por supuesto, sin socavar el hecho histórico del pluralismo ético, el cual emerge de una variedad ineludible de temas y contenidos de vida con iguales derechos.
Mi tesis es que lo importante en la vida es la calidad de la relación con el mundo, es decir, la manera en que, como sujetos, experimentamos el mundo y tomamos posición ante él: la calidad de la apropiación del mundo. Ahora bien, dado que los modos de la experiencia del mundo y de la apropiación del mismo nunca se definen de manera meramente individual, sino que están siempre mediados socioeconómica y socioculturalmente, el proyecto que desarrollo en este libro lleva el nombre de una sociología de la relación con el mundo. La pregunta central sobre la diferencia entre una vida buena y una menos buena puede traducirse como el interrogante acerca de la distinción entre relaciones con el mundo logradas y malogradas. Si no queremos medir la calidad de vida en referencia a la cantidad de recursos y opciones, ¿cómo determinar cuándo una vida es lograda y cuándo no?

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