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Eva Illouz

El fin del amor

Una sociología de las relaciones negativas


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1. Desamor. Introducción a una sociología de las elecciones negativas

"Ver lo que tenemos delante de nuestras narices
requiere una lucha constante".
George Orwell

La cultura occidental ha representado hasta el cansancio las milagrosas erupciones del amor en nuestra vida, ese momento mítico en el que sabemos que alguien nos está destinado, la espera febril de una llamada telefónica o de un correo electrónico, la emoción que nos invade con solo pensar en él o en ella. Estar enamorados es volvernos adeptos a Platón, ver una idea perfecta y completa en una persona. Incontables novelas, poemas o películas nos instruyen en el arte de volvernos discípulos de Platón, de amar la perfección que el ser amado manifiesta. Sin embargo, una cultura que tiene tanto para decir acerca del amor es mucho más silenciosa cuando se trata del momento, no menos misterioso, en el que evitamos enamorarnos, en el que nos desenamoramos, en el que quien antes nos mantenía en vela durante la noche ahora nos deja indiferentes, en el que nos alejamos a toda prisa de quienes nos atraían hace unos meses, o incluso hace unas horas. Este silencio es aún más desconcertante a medida que escala el número de relaciones disueltas poco después del comienzo, o en algún otro punto de su derrotero emocional. Tal vez nuestra cultura no sabe cómo pensar sobre esto o cómo representarlo porque vivimos en relatos y dramas o a través de relatos y dramas, y "desamar" no es una trama con una estructura clara. En la mayoría de los casos, no comienza con un momento inaugural, con una revelación; por el contrario, algunas relaciones se marchitan o evaporan poco después o aun antes de su comienzo propiamente dicho, mientras que otras llegan a su fin en el marco de una muerte lenta e incomprensible. Y sin embargo, el "desamor" significa mucho desde una perspectiva sociológica, porque gira en torno a la descomposición de los lazos sociales, una acción que, desde la seminal obra de Émile Durkheim El suicidio, tal vez debamos entender como el tema central de la indagación sociológica. Pero en la modernidad de las redes, la anomia -esto es, la degradación de las relaciones sociales y la solidaridad social- no toma de buenas a primeras la forma de la alienación o de la soledad. Por el contrario, la descomposición de los lazos que son cercanos e íntimos (en potencia o en acto) parece estar estrechamente ligada al incremento de las redes sociales (reales o virtuales), a la tecnología y a una formidable maquinaria económica que suministra consejos o ayuda. Psicólogos de todas las persuasiones -así como los anfitriones de programas televisivos, las industrias de la pornografía y los juguetes sexuales, la industria de la autoayuda y los más diversos locales de venta y consumo- sirven al perpetuo proceso de componer y descomponer los lazos sociales. Si la sociología ha encuadrado tradicionalmente la anomia como el resultado del aislamiento y la falta de una pertenencia apropiada a una comunidad o a una religión, ahora debe dar cuenta de una propiedad más elusiva que han adquirido los lazos sociales en la actual modernidad hiperconectada: su volatilidad, a pesar y a través de las intensas redes sociales, de la tecnología y del consumo.
Este libro indaga las condiciones sociales y culturales que explican lo que ha pasado a ser una característica común y corriente de las relaciones sexuales y románticas: el acto de abandonarlas. El "desamor" es un terreno privilegiado para entender de qué manera la intersección entre el capitalismo, la sexualidad, las relaciones de género y la tecnología produce una nueva forma de (no) sociabilidad.

***

Los psicólogos han asumido la tarea de reparar, moldear y guiar nuestra vida sexual y romántica. Aunque han tenido, en general, un éxito notable en convencernos de que sus técnicas verbales y emocionales pueden ayudarnos a vivir mejor, sus aportes hacia una comprensión de lo que devasta colectivamente nuestra vida romántica han sido escasos o nulos. Sin duda alguna, las incontables historias que se oyen en la privacidad del consultorio psicológico tienen una estructura recurrente y temas en común, que trascienden la particularidad de sus narradores. Ni siquiera es difícil adivinar la estructura y los temas recurrentes de las quejas que se expresan en esos escenarios: "Por qué me cuesta tanto entablar o mantener relaciones íntimas amorosas?"; "¿Es buena o mala para mí esta relación?"; "¿Debería permanecer en este matrimonio?". Lo que tienen en común las preguntas que reverberan hasta el infinito en las sesiones, los talleres y los libros de autoayuda de la ubicua e invasiva consejería terapéutica es una incertidumbre profunda y agobiante respecto de la vida emocional, una dificultad para interpretar los sentimientos propios y ajenos, para saber cuándo y en qué cosas hemos de transigir, así como una dificultad para saber qué les debemos nosotros a los demás y qué nos deben ellos a nosotros. Tal como lo enuncia la psicoterapeuta Leslie Bell, "tanto en entrevistas como en la práctica psicoterapéutica con mujeres jóvenes, las he notado más confundidas que nunca, no solo acerca de cómo conseguir lo que quieren, sino además acerca de qué es lo que quieren". Esta confusión, común dentro y fuera del consultorio psicológico, a menudo se atribuye a la ambivalencia de la psique humana, al efecto de una entrada tardía en la adultez, o bien a una confusión psicológica que deriva de las contradicciones entre los mensajes culturales acerca de la femineidad. Sin embargo, tal como lo demuestro en este libro, la incertidumbre emocional en el ámbito del amor, el romance y el sexo es el efecto sociológico directo de las maneras en que la ideología de la elección individual -que ha pasado a ser el principal marco cultural para la organización de la libertad personal- ha ensamblado e imbricado al mercado de consumo con la industria terapéutica y la tecnología de internet. El tipo de incertidumbre que infesta las relaciones contemporáneas es un fenómeno sociológico: no existió siempre, o al menos no con esta magnitud; no era algo generalizado, o al menos no tanto como hoy; no tenía el contenido que tiene para los hombres y las mujeres de hoy; y en modo alguno atraía la atención sistemática de expertos y sistemas de conocimiento de todas las convicciones. Los dilemas, las dificultades y las ambigüedades que caracterizan a muchas relaciones y constituyen la fuente de la glosa psicológica no son sino una expresión de lo que podemos denominar una "incertidumbre" generalizada de las relaciones. El hecho de que tantas vidas modernas exhiban la misma incertidumbre no indica la universalidad de un inconsciente conflictuado, sino más bien una globalización de las condiciones de vida.
Este libro es una nueva etapa de la investigación que he comenzado hace dos décadas sobre las maneras en que el capitalismo y la cultura de la modernidad han transformado nuestra vida emocional y romántica. Si hay un principio básico que mi trabajo sobre las emociones ha constatado una y otra vez durante los últimos veinte años, ese es el siguiente: la desorganización de la vida privada, de la vida íntima, no puede ser un terreno exclusivo del análisis psicológico. La sociología tiene una enorme contribución que hacer, con su insistencia en la idea según la cual las experiencias psicológicas -necesidades, compulsiones, conflictos internos, deseos o ansiedades- presentan y representan los dramas de la vida colectiva, y nuestras experiencias subjetivas reflejan y prolongan las estructuras sociales: son, de hecho, estructuras vividas, incorporadas en nosotros. El análisis no psicológico de la vida interior se vuelve aún más urgente en la medida en que el mercado capitalista y la cultura de consumo compelen a los actores a convertir su interioridad en el único plano de existencia que se siente real, con la autonomía, la libertad y el placer, en todas sus formas, como lineamientos que guían la interioridad así entendida. Por mucho que experimentemos nuestra retirada hacia la individualidad, la emocionalidad y la interioridad como un proceso de autoempoderamiento, lo que en verdad estamos haciendo, por irónico que parezca, es acatar y poner en acto las premisas de una subjetividad económica y capitalista que fragmenta el mundo social e interpreta su objetividad como irreal. De ahí que la crítica sociológica de la sexualidad y las emociones sea un elemento crucial para la crítica del capitalismo.
Mi indagación de la vida emocional, el capitalismo y la modernidad llega a una conclusión preliminar comprometiéndome con más fuerza con la pregunta central en torno a la cual ha girado la filosofía liberal desde el siglo XIX: ¿constituye la libertad un peligro para la posibilidad de entablar vínculos serios y comprometidos, en particular vínculos de índole romántica? En su forma general, durante los últimos doscientos años, esta pregunta se ha formulado hasta el cansancio con referencia a la dilución de la comunidad y el ascenso de las relaciones mercantiles, pero se ha planteado con menor frecuencia en el ámbito emocional, aun cuando la libertad emocional ha redefinido por completo los conceptos de subjetividad e intersubjetividad y de que no es menos central para la modernidad que otras formas de libertad. Tampoco está menos atravesada de ambigüedades y de aporías.

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