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Axel Honneth

La idea del socialismo

Una tentativa de actualización


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Introducción

Las sociedades en las que vivimos están marcadas por una dualidad irritante, difícil de resolver. Por un lado, en las últimas décadas ha aumentado el malestar con la situación socioeconómica, con las condiciones económicas y laborales; probablemente desde fines de la Segunda Guerra Mundial no haya habido tanta gente indignada al mismo tiempo por las consecuencias políticas y sociales de la economía de mercado del capitalismo. Por otro lado, a esta indignación masiva parece faltarle una orientación normativa, un sentido histórico para delinear un objetivo de la crítica planteada, de modo que queda peculiarmente muda y replegada sobre sí misma; es como si al malestar generalizado le faltara la capacidad de pensar más allá de lo existente y de imaginarse un estado de la sociedad más allá del capitalismo. Este desacoplamiento entre la indignación y cualquier orientación hacia el futuro, entre la protesta y todas las visiones de algo mejor es una situación verdaderamente nueva en la historia de las sociedades modernas. Desde la Revolución francesa, los grandes movimientos de rebelión contra las condiciones capitalistas estuvieron siempre impulsados por utopías que esbozaban cómo debería constituirse la sociedad del futuro. Basta pensar en los luditas, en las cooperativas de Robert Owen, en el movimiento de los consejos obreros o en el ideal comunista de una sociedad sin clases. La afluencia de tales corrientes de pensamiento utópico, como diría Ernst Bloch, parece haberse interrumpido; si bien se sabe con bastante certeza qué no se quiere y qué es lo indignante de las condiciones sociales actuales, no hay una idea más o menos clara de hacia dónde conduciría una transformación de lo existente.
Encontrar una explicación para el agotamiento repentino de las energías utópicas es más difícil de lo que aparenta a primera vista. El desmoronamiento del régimen comunista en 1989, frecuentemente sugerido por los intelectuales como el punto de partida del desvanecimiento de todas las esperanzas de lograr un estado más allá del capitalismo, no puede ser considerado su causa. A las masas indignadas que hoy, sin contar con una idea concreta de una sociedad mejor, denuncian el creciente abismo entre la pobreza pública y la riqueza privada, no fue la caída del muro lo que las convenció de que el socialismo de estilo soviético prodigaba bondades solo si cobraba como precio la falta de libertad. Además, el hecho de que hasta la Revolución rusa no existiera una alternativa real al capitalismo no impidió que en el siglo XIX la gente se imaginara una convivencia sin violencia, con solidaridad y justicia. ¿Por qué, entonces, la bancarrota del bloque comunista habría atrofiado de modo repentino esta capacidad, en apariencia básica, de superar lo existente mediante una utopía? Otra causa que muchas veces se esgrime para explicar la peculiar falta de futuro y de imágenes en la indignación actual es la supuesta transformación brusca de nuestra conciencia colectiva del tiempo: con el ingreso en la "posmodernidad" -que llegó primero al arte y a la arquitectura, y luego a la totalidad de la cultura- se habrían devaluado de tal modo las ideas de un progreso orientado, características de la Modernidad, que hoy, en cambio, impera colectivamente la conciencia del retorno histórico a lo mismo. Con esta nueva concepción posmoderna de la historia -dice la segunda explicación- no podrían florecer visiones de una vida mejor porque se ha perdido la idea de que el presente conduce siempre a una superación de sí mismo, mediante el potencial que le es inherente, y que apunta a un futuro abierto de permanente perfeccionamiento. Antes bien, el tiempo que se avecina es imaginado como algo que solamente tiene para ofrecer una mera repetición de formas de vida o modelos sociales ya conocidos. Sin embargo, el solo hecho de que creamos que habrá progresos en otros contextos funcionales, por ejemplo, en la medicina o en los derechos humanos, genera dudas acerca de tal explicación: ¿por qué faltaría capacidad trascendente para imaginar en el área de la reforma de la sociedad si en otros campos parece estar intacta? La tesis de que la conciencia histórica se ha transformado de manera fundamental da por sentado que se ha perdido toda anticipación de lo nuevo en la sociedad, sin considerar las exageradas esperanzas ligadas a una implementación mundial de los derechos humanos. Otra explicación -una tercera- podría ser la diferencia entre los dos campos mencionados: entre la imposición, con una estructura neutral, de derechos sancionados internacionalmente y la modificación de las instituciones básicas de la sociedad, para llegar a la conclusión de que solo en la segunda área se han paralizado las fuerzas utópicas. Mi impresión es que esta tesis se acerca más a la verdad, pero que necesita una complementación, puesto que debe aclararse, además, por qué la materia político-social es la que supuestamente ya no resiste más cargas de expectativas utópicas.
Tal vez ayude el indicio de que los procesos económico-sociales tienen hoy para la conciencia pública una apariencia demasiado compleja, y por lo tanto inescrutable, como para ser considerados pasibles de intervenciones dirigidas. En especial por los procesos de la globalización económica -con transacciones que no pueden rastrearse debido a la rapidez con la que suceden-, parece haber surgido una patología de segundo orden: la población ve las condiciones institucionales de la convivencia solo como relaciones -de cosa-, como circunstancias que escapan a toda intervención humana. Hoy, el famoso análisis del fetichismo que desarrolló Marx en el primer tomo de El capital tendría sentido histórico; no en el pasado del capitalismo, cuando el movimiento obrero, en sus sueños y visiones, consideraba que las condiciones existentes podían ser modificadas. En la actualidad se ha extendido la convicción generalizada de que las relaciones sociales son, de una manera peculiar, "relaciones sociales de las cosas"; si esto fuera así, algo que parece sustentarse en observaciones cotidianas y análisis empíricos, nuestra capacidad de anticipar mejoras sociales en la estructura fundamental de las sociedades actuales ya no podría desarrollarse porque estas, al igual que las cosas en su sustancia, no pueden ser modificadas. La desaparición de una alternativa real al capitalismo o una transformación fundamental en nuestra comprensión de la historia no serían responsables de que la indignación masiva ante la escandalosa distribución de riqueza y poder no se traduzca en objetivos asequibles; más bien habría que responsabilizar al predominio de una comprensión fetichizante de las condiciones sociales.
No obstante, esta tercera explicación está incompleta porque no aporta datos acerca de por qué las utopías tradicionales no tienen más la fuerza para disolver, o al menos perforar, la conciencia cotidiana cosificante. Durante más de un siglo, las utopías socialistas y comunistas fueron capaces de hacer vibrar de tal manera, con visiones de un mundo mejor, los ánimos de las partes interesadas, que las hacían inmunes a las tendencias a la resignación que imperaban entonces frente a los procesos sociales. El alcance de lo que los hombres consideran "inevitable" y, por lo tanto, imprescindible en el orden de sus sociedades depende en gran medida de factores culturales y, ante todo, de la influencia de modelos de interpretación que logran representar lo aparentemente necesario como modificable colectivamente. En su estudio histórico La injusticia, Barrington Moore muestra de manera convincente en qué medida la sensación de inevitabilidad sin esperanzas de los trabajadores alemanes empezó a desaparecer siempre que interpretaciones nuevas y potentes comenzaron a señalarles lo meramente acordado, el carácter de negociación de lo dado institucionalmente. A la luz de estas reflexiones, resuena aún con más fuerza la pregunta acerca de cuáles son las causas de que todos los ideales clásicos, que en otro tiempo tuvieron gran influencia, hayan perdido su capacidad de destruir la cosificación. Habría que preguntar, más concretamente, por qué las visiones del socialismo no tienen, hace tiempo, la fuerza de convencer a los implicados de que, con el esfuerzo colectivo, lo aparentemente "inevitable" podría modificarse en pos de algo mejor. Así he llegado al tema de las reflexiones que desarrollo en los cuatro capítulos de este breve estudio. Me interesan dos cuestiones relacionadas entre sí y de gran actualidad desde el punto de vista de las ideas políticas. En primer lugar, quiero investigar los fundamentos internos o externos que han llevado a que las ideas del socialismo hayan perdido, aparentemente de manera irreversible, el potencial inspirador que solían tener. En segundo lugar, quiero preguntarme qué modificaciones conceptuales habría que hacer a las ideas socialistas para que recuperen la virulencia que alguna vez tuvieron. Mis intenciones, no obstante, me fuerzan a reconstruir primero la idea original del socialismo tan claramente como sea posible (I); en un segundo paso, revisaré las razones que llevaron a que estas ideas hayan envejecido (II). En los dos capítulos finales intentaré volver a poner en pie las ideas obsoletas con renovaciones conceptuales (III y IV). Cabe destacar que todas las reflexiones que desarrollo a continuación tienen un carácter metapolítico, porque en ningún lugar trato de establecer una relación con las constelaciones políticas y las oportunidades de acción del presente; no se trata de preguntarse estratégicamente cómo podría influir el socialismo en el acontecer político actual, sino de cómo habría que reformular su preocupación original para que se convierta nuevamente en una fuente de orientaciones ético-políticas.

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