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Robert B. Laughlin

Crímenes de la razón

El fin de la mentalidad científica


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El fin de la inocencia

Desde pequeños sabemos que el conocimiento es algo lógico y hermoso que cada persona tiene la libertad de utilizar como le venga en gana siempre que tenga la paciencia necesaria para leer y pensar. En parte, la idea viene de nuestros padres, que nunca dejan de inventar razones para que estudiemos más y nos destaquemos en los exámenes, pero también es una conclusión a la que llegamos por nuestra cuenta. La mayoría de nosotros entiende, en nuestros primeros años de adultez, que la capacidad de razonar y comprender es natural, humana y que nos pertenece por derecho propio.
Lamentablemente, la conclusión es errónea. Si bien hay algo de información disponible en la escuela, donde nos la ofrecen, a veces por la fuerza, sin pedir nada a cambio, el conocimiento más valioso en términos económicos es propiedad privada y es secreto. Los dueños de ese conocimiento no quieren hacerlo público y, ciertamente, no quieren que el Estado le dé dinero a nadie para que lo "descubra". Se podrían esgrimir innumerables argumentos a favor y en contra de los carteles de "no pasar" que vemos en las bibliotecas y en las escuelas, pero el debate pertenece al ámbito académico. En la práctica, el derecho a aprender es de acceso restringido.
Las personas suelen tener problemas para hablar de este tema debido a que la gente educada no habla de cosas de carácter mundano, como de los aspectos prácticos de la paternidad. En lugar de profundizar en este asunto, la gente suele sonreír y repetir que la educación es sagrada y que las diversas formas de ocultar información -provocar confusión intencionalmente, dar evasivas, mentir o desinformar- son detestables pero no forman parte de una conspiración. Después desvían el tema de conversación y sugieren que quien piensa distinto está paranoico.
La negación refleja una actitud muy irresponsable. Se trata de la criminalización del conocimiento. Es importante. Es algo sobre lo que debemos reflexionar.
La tendencia a subestimar el peligro de escatimar conocimientos es, en parte, un efecto secundario de nuestra costumbre -que en otras circunstancias es sensata- de separar el conocimiento en "técnico" y "no técnico", como si fuera la división en clases sociales, y luego desestimar la ocultación del primer tipo porque no es relevante. Por desgracia, el razonamiento que respalda esa actitud invierte los pasos. No es que aceptemos la ocultación de conocimiento porque es técnico, lo aceptamos porque recategorizamos como técnico el conocimiento que se oculta. Cuando la actividad intelectual se vuelve tan valiosa que se la puede comprar y vender, su naturaleza cambia. El propietario ya no quiere molestarse en explicarla con claridad y nosotros ya no nos molestamos en pedirle explicaciones. Nos limitamos a comprar o no su producto. Se trata de la misma lógica según la cual reparar el auto es algo técnico pero conducirlo no. Las dos actividades implican saber cómo funcionan los autos, pero repararlos es algo que se puede obtener en el mercado a cambio de relativamente poco dinero, mientras que ir adonde queremos es caro, salvo que lo hagamos por nuestra cuenta. En términos puramente intelectuales, sin embargo, no hay ninguna diferencia entre el conocimiento técnico y el no técnico.
Una vez que aceptamos que el tema es económico y no cultural, nos vemos obligados a reconsiderar algunas cuestiones legales básicas. Rehusarse a aplicar las tradiciones de expresarnos libremente e inquirir acerca de algo porque es propiedad de alguien es distinto de rehusarse porque el tema no es importante. Así, una discusión interminable llena de detalles técnicos de pronto se convierte en un debate muy serio sobre el conflicto entre la libertad personal y los derechos de propiedad intelectual. La libertad en cuestión no es la tan mentada libre expresión política, instituida para desalentar la consolidación del poder por parte de los gobiernos sino la libertad de aprender y comprender las cosas que son fundamentales para ganarse la vida. En el pasado, nadie se preocupaba por proteger su libertad, porque los problemas principales eran políticos, y los aspectos técnicos de la propiedad no obstaculizaban el progreso económico personal.
Sin embargo, hoy vivimos en la Era de la Información, una época en la que, en ciertas circunstancias, el acceso al conocimiento es más importante que el acceso a los medios físicos. Los intentos, cada vez más tenaces, de gobiernos, corporaciones e individuos por evitar que sus rivales sepan ciertas cosas que ellos sí saben ha llevado a un crecimiento insospechado de los derechos de propiedad intelectual y al fortalecimiento del poder estatal para decidir acerca de la confidencialidad de la información. La Ley de Derechos de Autor para el Milenio Digital de 1998 y la Directiva de la Unión Europea sobre Derechos de Autor de 2001, por ejemplo, establecen que es delito burlar medidas contra la piratería (es decir, descifrar comunicaciones encriptadas) y distribuir mecanismos para descifrar los códigos (o sea, difundir ese conocimiento). Las leyes Bayh-Dole y Stevenson-Wydler de 1980 redefinen la misión de la investigación subsidiada por el gobierno de modo que ésta pasa a ser la generación de propiedad intelectual. El dictamen de la causa antimonopolio contra Microsoft institucionaliza la monopolización corporativa de las comunicaciones. En la actualidad, los tribunales tramitan demandas relacionadas con patentes de protección de estrategias de contratación, de técnicas de venta de propiedades, del descubrimiento de correlaciones químicas en el organismo y de secuencias génicas. Gran parte del conocimiento de dos ciencias, la física y la biología, ha quedado fuera del alcance del discurso público porque entraña un riesgo contra la seguridad nacional. Hoy en día se oculta más conocimiento, y esto se hace más rápido y con mayor eficacia que en cualquier otro momento del pasado. De hecho, la Era de la Información bien podría denominarse la Era de la Amnesia, porque en la práctica ha habido una intensa reducción del acceso público a la información importante. Esto resulta particularmente irónico dado el auge de Internet, que en apariencia aumenta enormemente el acceso a la información cuando en realidad no es así.

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